40 años, el terror multiplicado

 

El 28 de agosto de 1978, a las puertas de la Catedral Metropolitana de la ciudad de México, unas ochenta mujeres se instalaron en huelga de hambre. Apenas con algunas cosas, las necesarias: botellas de agua y volantes con información. Sin duda con determinación, con una esperanza y una demanda: ¡Vivos los llevaron, vivos los queremos! Eran las madres, esposas e hijas de los detenidos-desaparecidos, víctimas de la contrainsurgencia, que hoy se denomina con el engañoso nombre de “guerra sucia”. Eran las doñas del Comité Pro-Defensa de presos, perseguidos, desaparecidos y exiliados políticos de México. “En 1974, mataron a mi hijo Salvador Corral García, en 1976 aprehendieron a mi hijo José de Jesús, quien está desaparecido, y en 1977 mataron a mi Luis Miguel Corral.”, narraba una de las madres, apostada en la entrada de la Catedral. “¿Usted cree que es normal que en un país desaparezca la gente?”.  Han pasado ya 40 años de esa huelga de hambre que trató de poner fin a la ficción que el Estado mexicano había construido para sí: en este país no pasa nada. 40 años, y el drama que acompañaba a esas mujeres se ha multiplicado.

Desde mediados de la década de 1970 se fueron creando comités que denunciaban los crímenes del Estado mexicano, y que exigían la liberación de los presos políticos y la presentación de los desaparecidos. Entre 1975 y 1976 se creó el Comité Pro-Libertad de Presos Políticos, en 1978 el Comité Nacional ProDefensa de Presos, Perseguidos, Desaparecidos y Exiliados (Eureka), poco después también se crea el Comité Nacional Independiente ProDefensa de Presos, Perseguidos, Desaparecidos y Exiliados; también a nivel estatal se fundaron diversos grupos, como la Unión de Padres con Hijos Desaparecidos en el Estado de Sinaloa.

El reclamo continúa. ¿Dónde están?, el grito permanece: Vivos los llevaron, vivos los queremos. Son otras las mujeres, no las de hace cuatro décadas. Son otros los desaparecidos. Desde hace 7 años, madres de todo el país se reúnen para marchar y exigir la vuelta de sus familiares desaparecidos, caminan en una marcha por la Dignidad Nacional “Madres buscando a sus Hijos, Hijas, Verdad y Justicia”. Es otra la “guerra” que se anuncia: contra el crimen organizado, contra el “narco”, pero igual de engañosa que la anterior. “Aquí estamos — dice una madre que llegó de Chihuahua— como mamás para decir que aquí sigue un lugar vacío, desde que nuestras hijas salieron de casa.” El vacío y la ausencia infinita apenas cubiertas por una esperanza igual de infinita, testaruda: “Esta lucha la tenemos que ganar — sostiene otra madre — porque la sangre de nuestros hijos sigue clamando justicia y no van a acallar sus voces mientras nosotros sigamos peleando.”

Son las víctimas de un fenómeno que ha mutado. Entre la contrainsurgencia, que se aplicó en las décadas de 1970 y 1980, y la “guerra contra el narco”, parece que lo único común que asoma es el terror, sólo multiplicado. Se calcula en aproximadamente mil el número de desaparecidos de la “guerra sucia”, número que aún después de tanto tiempo sigue siendo tentativo. Bajo la “guerra contra el narco” las cifras pasan de 30 mil desparecidos, imprecisas como lo es esta “guerra”. El terror multiplicado, hoy día en México se calculan 500 fosas clandestinas y aproximadamente 10 mil cuerpos sin identificar. No pasa un día en la prensa mexicana en que no se reporten nuevos números, nuevos datos. No pasa un día en que organismos defensores de derechos humanos no hagan declaraciones sobre nuevas formas de extorsión, manipulación, comercio de personas, el avasallamiento del ejército y las policías sobre la población civil, y las desapariciones comienzan a cobrar ese grado de naturalidad que adquiere el terror cuando ya es insoportable.

No se trata de las mismas desapariciones, en la mayoría de los casos el componente político ha sido desplazado: ya no es necesario pertenecer a organización guerrillera o movimiento popular alguno para ser desaparecido o “levantado”, eufemismo patético con el que ahora se designa a este nuevo tipo de desapariciones. No es el mismo contexto, no la misma crisis, y el autor de las desapariciones se ha diversificado, no es ya sólo el Estado. Sin embargo, una trama las une: la impunidad.

A continuación se presentan documentos de la Dirección Federal de Seguridad sobre la vigilancia a algunos grupos de familiares, como fotografías de la primera huelga de hambre del Comité Eureka, en agosto de 1978, y varias de las manifestaciones durante 1979.

Nacional Independiente.pdf

Union_de_Padres_con_HIjos_de_Desaparcidos_Sinaloa.pdf

Eureka_Fotos_1978.pdf

Eureka_Fotos_1979.pdf

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